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acabó. El Concurso Nacional de Arte Flamenco
de Córdoba cerró la noche del sábado
la primera edición de este siglo. Atrás
quedaron las alegrías y sinsabores de todos y
cada uno de los concursantes que por allí pasaron.
La gala de ganadores con la que se pone el punto y final
a los concursos suele ser un acto ceremonial de reconocimiento
a todos aquellos que recibieron un premio. No importan
los méritos. Lo importante es salir en la foto,
al menos para unos cuantos.
El Gran Teatro se llenó hasta la bandera para
ver si la radiografía del momento actual por
el que atraviesa el flamenco se correspondía
con la realidad. Desde Manolo Sanlúcar hasta
Fosforito, pasando por Juan Carmona Habichuela, Blanca
del Rey, Pilar López, Mario Maya, El Güito
o Vicente Amigo, todos habían venido a ver actuar
a quienes habrán de entrar a formar parte, desde
hoy mismo, del selecto grupo de elegidos en el que ellos
se encuentran.
Quisiera antes de nada, destacar el silencioso trabajo
realizado durante todo el concurso por los artistas
oficiales. Juan Reina, Quique Paredes, Antonio Saavedra,
Nieves Camacho, Alberto Lucena, Finito y el Pipa -auténticos
currantes del concurso- por lo que abrir la gala por
alegrías supuso un bonito reconocimiento a su
labor.
Un chaval con gafas y pinta de despistado aparece en
escena con una guitarra. Le sudan las manos y se le
ve nervioso, porque sabe que lo difícil empieza
ahora. Igualarse a Paco de Lucía, Manolo Sanlúcar,
Vicente Amigo... no es cualquier cosa. Así que,
¡ánimo Rubén!. El cantaor chiclanero
-Antonio Reyes- volvió a encandilar al público
con sus cantes por seguiriyas, tonás, bulerías
y soleares, demostrando con su bonita voz natural que
no es necesario imitar a Camarón para ponerle
al respetable los vellos como bastones con cantes de
Juan Talega, Tio José de Paula o Frijones.
En el baile brillaron Pastora Galván,
Edu Lozano, Mercedes Ruíz, e Hiniesta Cortés.
Y en el toque de acompañamiento, Antonio Soto
demostró tener un pulgar y un compás admirables.
Los dudosos méritos de quienes obtuvieron algunos
de los restantes premios -sin haber demostrado estar
a la altura de las circunstancias- gracias al favor
de un jurado fuertemente condicionado, nos impiden poder
hablar de una radiografía objetiva de la situación.
Y es que, como dice el sabio refranero español:
"En Córdoba, el que no tiene padrino, no
se bautiza".
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